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martes, 25 de marzo de 2014

¿Confesarse en cuaresma? Fomentar el arrepentimiento, ¿no es tanto como procurar que la gente permanezca inmadura?



¿La Iglesia quiere que tengamos un sentimiento de culpa permanente, para que dependamos de los sacerdotes?
 
El sentimiento de culpa y la inmadurez

El sentimiento de culpa es negativo porque hace sufrir, y surge cuando se toma conciencia de haber realizado una acción que la razón juzga mala, o cuando se ha omitido una acción buena que se percibe como obligatoria.

Este sentimiento negativo tiene un aspecto positivo: ayudar a distinguir entre el mal y el bien, e impulsar a hacer el bien. Dado que no podemos evitar totalmente hacer el mal, si reconocemos el mal cometido, el sentimiento de culpa facilita el arrepentimiento, que lleva al propósito de cambiar y actuar mejor en el futuro. Además, mejorar como persona lleva a la autoestima.

Aceptar los propios errores es un signo de madurez psicológica, pues se asocia a la tolerancia a la frustración, y al control del miedo a sufrir; en este caso, a sufrir el sentimiento de culpa. Éste nos permite juzgar con veracidad, y no por interés personal.

En cambio, las personas inmaduras tienden a no reconocer las culpas para no empeorar su situación emocional negativa, lo que les lleva a dar por buena su mala conducta, o a buscar excusas para no responsabilizarse de ellas, alegando que ignoraban que fuese malas, o proyectando su culpa en los demás (en el mal ejemplo, el mal consejo, o la mala influencia de otros), o, finalmente, a echar la culpa a las circunstancias.

Al rechazar su culpa, esas personas desaprovechan el beneficio que podría venirles del impulso positivo que el arrepentimiento trae consigo.

Otra razón por la que no reconocen su culpa es el deseo de no sentirse ellos mismos como fracasados, inútiles o malos. Por eso, acostumbran a emitir juicios generales sobre su personalidad moral, en vez de juzgar la moralidad de sus acciones concretas.

Esta actitud de poner a prueba el valor de toda su persona en cada acción concreta, hace que sus juicios sean excesivos. Equivocadamente, tratan de ser perfectos, para no fallar nunca ni en nada, y así no perder todo el valor positivo como persona por unos errores concretos.

Pero, como no pueden ser infalibles y cometen errores, arreglan las cosas rechazando su responsabilidad, pues, de lo contrario, se sentirían, además de culpables, inferiores, fracasados, inútiles o malos. El remedio, como es obvio, consiste en juzgar los actos concretos, no actitudes generales.


Si no podemos evitar totalmente del pecado, ¿cómo podemos ser felices?

El mal y el bien coexisten en el mundo –y en el interior de cada uno- y es importante aprender a convivir con la presencia del mal, y de hacerlo con paz.

El mal existe por varias razones que ya hemos comentado en otras ocasiones:
a) de una parte, la imperfección natural del ser humano, que, para aprender a hacer el bien, muchas veces experimenta con el mal; así pues, el mal, el error, el fallo son etapas necesarias del mejoramiento personal y del mundo;
b) de otra parte, hay males causados por el personas malas que obran mal a sabiendas.

Dios sólo desea nuestro bien y sus preceptos pretenden guiarnos. Desobedecer sus mandatos es ir contra nuestra verdad como hombres, causarnos daño a nosotros mismos. El pecado no se queda en algo periférico; cambia al que lo realiza, por dentro; deforma nuestra naturaleza.

Todo pecado rompe el equilibrio, y genera en el alma un desorden entre las diversas facultades: la inteligencia, la voluntad, la afectividad. Se encuentran debilitadas y, frecuentemente, en conflicto entre sí:
a) a la mente le resulta arduo distinguir lo verdadero de lo falso;
b) la voluntad tiene dificultad para elegir el bien, y se siente atraída por la autoafirmación y el placer;
c) nuestros afectos y deseos tienden a centrarse egoístamente en nosotros mismos.

Ante el pecado, caben dos actitudes: afincarse en él, o arrepentirse, pedir perdón y ofrecer perdón a quien nos ofende.

Cuando uno se empeña en ignorar el pecado, acaba sucediendo lo mismo que cuando la basura se acumula dentro de casa y no se echa fuera. Al principio esa dejadez parece más cómoda, pero acaba por convertir la vida en algo muy desagradable.

Cada ocasión de pecar, es también una oportunidad de elegir la verdad. Lo que nos hace felices es rechazar el engaño, bien sea porque se opta por lo bueno, bien sea porque uno reconoce que ha optado por lo malo, y vuelve a la verdad.

El perdón de los pecados fue una innovación audaz de la fe cristiana. Fue un mandato del propio Jesucristo a su Iglesia, cuando dio a los apóstoles el poder para perdonar los pecados: “a quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos” (Jn 20, 23).

La Iglesia busca reconciliar al hombre con Dios, con los otros hombres, y con toda la creación. Y una de las maneras que tiene de hacerlo es recordarle la realidad del pecado, porque esa reconciliación es imposible si se ignora voluntariamente el mal que origina la división y la ruptura.

El pecado es una parte esencial de la verdad acerca del hombre. Cuando hace el mal, abre con ello una doble herida: en él mismo y en sus relaciones con su familia, amigos, vecinos, colegas, e incluso con los desconocidos.

Llamar por su nombre al bien y al mal es el primer paso hacia la conversión, el perdón, la reconciliación, la reconstrucción de cada hombre y de toda la humanidad. Tomarse en serio el pecado es tomarse en serio la libertad humana.

Para ser felices, es preciso aceptar los propios errores, pedir perdón, y ofrecer nuestro perdón a los demás.

martes, 11 de febrero de 2014

Si Dios es un padre bueno y todopoderoso, ¿cómo es que hay inocentes que sufren?


Hay males físicos y males morales. Los males físicos obedecen a leyes naturales: catástrofes naturales, terremotos, tsunamis, las enfermedades y discapacidades, etc.

Dios no ha querido crear un mundo perfecto, sino que ha querido contar con nuestra colaboración para ir mejorándolo: ir venciendo las enfermedades, la incultura, las desigualdades, la violencia, la explotación de los débiles, etc. Ha querido asociarnos a su obra creadora.

Hay también males morales. Dios nos ha dejado libres, pues sólo el que es libre puede amar; pero también la libertad hace posible la existencia del mal. Dios respeta la libertad del hombre, y sus consecuencias.

El causante del mal moral es el hombre, cuya naturaleza está herida por el pecado. No es cierto que la persona sea naturalmente buena. A veces obramos mal –deliberadamente o no- y causamos un daño a otros. Es el “mal directo”.

El mal está causado por los malos comportamientos de hombres libres. Algunas malas conductas están tan arraigadas y generalizadas en una sociedad que los más débiles padecen por la suma de malas conductas; por ejemplo, sufren el paro, la guerra, el hambre, la ignorancia, la explotación de los niños o de la mujer. Podríamos llamarlo el “mal indirecto” o social.


¿Del sufrimiento puede derivarse un bien?

Del sufrimiento puede derivarse un bien: p.e. aprender que no podemos poner nuestra esperanza en la salud, que las cosas materiales son pasajeras, etc.

Dios no quiere el mal, pero éste no escapa a la providencia divina que lo conoce y lo rige. Orienta el mal a un bien mayor, aunque no siempre podamos señalar cuál sea ese bien. Ha preferido sacar bienes de los males, a no permitir la existencia de males en absoluto.

Es fácil entender que Dios puede permitir que un hombre malo padezca una pena, porque quizá el sufrimiento le haga reconsiderar su actitud y se arrepienta, y se subsane el desorden producido. Y aunque no se corrija, el castigo de la violación consciente de la ley de Dios, restituye la justicia. De manera que el sufrimiento del culpable puede tener un efecto educativo; y en cualquier caso, repara una injusticia.

En otros casos, el mal puede ser preventivo. En realidad, es un mal sólo aparente; por ejemplo:
- perder un trabajo puede evitar la corrupción en que se iba a caer, quizá abre nuevas posibilidades, etc.
- uno sufre un atropello injusto, o una enfermedad, pero su convalecencia sirve para unir su familia, o le sirve a él para reorientar su vida, etc.
- algunas personas reaccionan bien –por contraste- ante situaciones injustas, crueles, y se unen más a Dios y a los demás.

A veces se tarda tiempo en descubrir que un mal que yo padecí, en realidad fue muy relativo, y tal vez me vino bien.


¿Dios permite el sufrimiento de los inocentes?

Dios no quiere el sufrimiento de los inocentes; si lo permite será porque otros bienes mayores se pueden derivar de su sufrimiento. El niño inocente, aunque no haya pecado personalmente, está implicado –con Jesucristo- en la expiación del pecado original del hombre, y de todos los cometidos a través de la historia.

Jesucristo puede unir a su sacrificio a los niños inocentes que sufren y mueren, y premiarles con la vida eterna que supera infinitamente el sufrimiento en este mundo; es decir, puede unirles a su sufrimiento salvador.

Es decir, Dios puede permitir el sufrimiento de los inocentes:
  • porque de ese mal saca algún bien, sea en ellos, o sea en otras;
  • porque padecen un dolor temporal, que es muy pequeño en comparación con la felicidad de la gloria eterna;
  • porque les asocia a su Hijo Jesucristo, que siendo inocente quiso sufrir en la cruz, y con su sufrimiento repara todas las culpas; Dios no “consume vidas de hijos”, no es Saturno devorando a sus hijos, no se “alimenta” del dolor ajeno, sino que nos asocia a Sí mismo;
  • Jesucristo ha vencido a la muerte, que ya no es la destrucción total; el niño que muere de hambre no muere definitivamente, ni mucho menos.
En cualquier caso, es cierto que el sufrimiento de los inocentes sólo adquiere sentido si se cree en la vida eterna y en la justicia perfecta que allí se realizará. En este mundo no hay justicia completa.

En la Cruz, Jesucristo demostró que está siempre junto a los que sufren, y que Él mismo aceptó el sufrimiento. Podía haber esquivado la cruz, pero no lo hizo. Cristo crucificado es la prueba de la solidaridad de Dios con el que sufre.


No es lógico cuestionar la existencia de Dios porque exista el sufrimiento

Algunos increyentes objetan: ¿No debería un Dios bueno y omnipotente haber creado un mundo exento de mal? Si no podía, le falta poder. Si no lo ha querido, le falta bondad.

Se entiende que los increyentes duden de que Dios sea padre bueno y todopoderoso. Pero no es razonable negar una realidad compleja (la existencia de Dios) porque yo no logro entenderla: “Dios es cruel, luego Dios no existe”. Es como decir: ese hombre no me quiere, o no me gusta, luego no existe.

Negar la existencia de Dios porque existe el mal es actuar como un enfermo que muriese entre sufrimientos, negándose a tomar una medicina porque no comprende cómo esa medicina tan sencilla (la salvación de Cristo) puede curarle.

Parece más razonable intentar entender porqué actúa así Dios. Dios no permitiría el mal si no fuese a sacar un bien mayor.

La explicación cristiana del mal puede parecer difícil, pero las demás explicaciones (negar a Dios o presentar la vida como un absurdo, el hombre es un ser hecho para la aniquilación) nos encierran en un sinsentido aún más duro.

martes, 4 de febrero de 2014

¿Todas las opciones vitales son igualmente buenas, con tal de ser libres? ¿O unas resultan ser mejores que otras?



No todas las elecciones y opciones vitales producen los mismos frutos. Unas elecciones libres se demuestran erróneas al cabo del tiempo, y conducen a una esclavitud, una falta de libertad; otras opciones son correctas pero pobres, y no desarrollan toda la potencialidad de la persona; y otras elecciones son enriquecedoras. Hay que acertar...

Si la decisión va contra la naturaleza de las cosas, termina siendo una cárcel. Si es acorde con la verdad de las cosas, pero pobre, nuestro corazón permanece pequeño y quizá egoísta. En cambio, si es acorde con la verdad de las cosas y es enriquecedora, nuestro corazón se hace más grande y capaz de querer de una manera más generosa.

No cabe razonar así: a tí esa opción te parece mala, pero para mí es buena. Si es buena o mala, lo es para ambas. Otra cosa es que para una sea más correcta, aquí y ahora; pero las circunstancias no convierten en bueno lo que es malo, o viceversa.

Lo malo, hay que evitarlo siempre. En cambio, no está determinado que algo bueno lo sea siempre y en todos los casos; dependerá de las circunstancias, y hay que decidir prudentemente qué decisión tomar.

Pues bien, si entre todas las elecciones libres, resulta que unas se demuestran erróneas y otras correctas, esto quiere decir que no basta que una elección sea libre para que sea buena. Es necesario, además, que sea acorde con la verdad.


ES POSIBLE CONOCER LA VERDAD Y TOMAR DECISIONES PARA SIEMPRE

El relativismo sostiene que es imposible que cada uno conozca la verdad; sólo accede a una parte de la verdad. Sin embargo, todos sentimos la atracción de lo verdadero y auténtico.

¿Porqué a todos –creyentes o no creyentes- nos indigna la mentira? ¿Porqué a toda novia o esposa le subleva que su pareja le engañe?
¿Cómo es que todos estamos de acuerdo en qué es verdadero y qué no lo es? ¿Acaso tenemos todos una medida innata? Sí, la tenemos y se puede llamar “naturaleza humana”, o naturaleza común de las personas.

La mentalidad relativista es un modo de renunciar a indagar sobre el sentido de la vida, con la consiguiente restricción del horizonte vital. Es una postura práctica, que fácilmente toma cuerpo en la cultura. No es tanto un sistema filosófico coherente, sino un estilo de pensar en el que se evita hablar en términos de “verdadero o falso”, pues no se reconoce una validez objetiva a los juicios sobre aquello que trasciende (Dios, el alma, el amor) lo que cada uno puede ver y tocar.

Para el relativista, sólo podemos alcanzar certeza en el ámbito de las ciencias experimentales. El resto de las afirmaciones, pertenecen al ámbito privado, a los valores personales, a la opinión y al gusto; no se puede pretender comunicarlas a los demás como verdaderas. Quizá por eso cobran auge los sucedáneos de la fe racional, como el esoterismo y la mitología, o sea, formas de religiosidad no racionales, más cercanas a la magia.

Esta actitud intelectual, además, conlleva un modo de comportarse en la práctica: como no puedo conocer nada con certeza y de forma definitiva, tampoco puedo tomar decisiones para siempre (p.e. el matrimonio).


NADIE DA LO QUE NO TIENE

La verdad es atractiva por sí misma. Pero no siempre es evidente; por eso, es necesario buscarla y contemplarla, también con el estudio y con la formación.

Hemos de procurar que nuestras palabras sean verdaderas; que la apariencia que damos sea verdadera, que nuestros hechos sean acordes con nuestro ser humano.

El Papa emérito Benedicto XVI describía la actitud de algunas personas ante las verdades morales afirmadas por la Iglesia: «la Iglesia –se preguntan-, con sus preceptos y prohibiciones, ¿no convierte acaso en amargo lo más hermoso de la vida? ¿No pone quizás carteles de prohibición precisamente allí donde la alegría, predispuesta en nosotros por el Creador, nos ofrece una felicidad que nos hace pregustar algo de lo divino?» (Deus charitas est, 3).

Y a continuación explicaba que las aparentes contradicciones entre verdad y libertad no se resuelven sólo gracias a la inteligencia, sino principalmente acogiendo el amor que Dios y los demás nos brindan, y correspondiendo con nuestro amor.

El amor a la verdad no se aprende en un ambiente de enfrentamiento y conflicto, de vencedores y vencidos; lo que mueve, ilumina, y prepara la inteligencia para la consideración de la verdad, es la amistad, la alegría, y la actitud de servicio.

Desde el nihilismo de Nietzsche, la confianza para dis­tinguir con claridad lo verdadero de lo falso y lo bueno de lo malo, ha decrecido de modo patente.

No se trata sólo de una actitud escéptica, fruto de una crítica aguda, ni una desconfianza provocada por la experiencia de lo voluble que es todo lo humano, sino mucho más: es una debilidad en el inicio del pensar, una indiferencia respecto a los criterios absolutos, que resta peso a la persona singular y a cada civilización.

Y eso es peligroso, porque donde falta el vigor intelec­tual y la toma de postura personal sobre lo falso y lo verdadero, aparece la falta de libertad, bien sea porque el poder civil o los mass media se imponen, o bien sea porque el individuo queda a mercer de sus propios caprichos.

La universidad –profesores y estudiantes- tiene aquí una gran respon­sabilidad; si en ella, que está esencialmente orientada al conocimiento, decae la confianza en lo verdadero y la fuerza para discernir lo correcto, ¿en qué otro lugar habrá de encontrarse entonces la verdad?

Si lo que enseñan los profesores no fuese ni verdadero ni falso, sino parcialmente ambiguo, ¿para qué estudiar?


LA ÉTICA Y LA PAZ SOCIAL

El relativismo lleva, pues, a una postura existencial: si no puedo llegar a ninguna conclusión cierta, al menos tratemos de establecer un camino –un método- que me permita alcanzar la mayor cantidad de satisfacción posible; una satisfacción que, por la misma dinámica de los hechos –contingentes y finitos–, será fragmentaria y limitada: una acumulación de experiencias, sensaciones, etc.

Para el relativista es importante evadir el problema de la verdad: cualquier opinión tiene cabida en la vida pública con tal de que no se presente con pretensiones de universalidad, como una explicación completa sobre el hombre y la sociedad.

Así, las verdades religiosas quedarían a merced de los gustos, de las tendencias, reducidas a cuestiones opinables dentro de un gran bazar de creencias, todas ellas carentes de racionalidad, porque no se pueden validar con la ciencia experimental.

De este modo, el relativismo pretende ser la justificación vital, no teórica, para evitar conflictos sociales. El pensamiento débil se ha alzado a sí mismo como el presupuesto necesario de la democracia: sostiene que en una sociedad cosmopolita en la que coexisten etnias, religiones y culturas diversas, defender la existencia de verdades comunes conduce al conflicto, y los convencidos de tales verdades son sospechosos de querer imponer –de modo fundamentalista, dicen– algo que no pasa de mera opinión.

Esto no es cierto. Hay que distinguir entre creencias religiosas (p.e. la Trinidad, la Eucaristía, que requieren fe) y verdades éticas, que se basan en la naturaleza común de las personas, creyentes o no. Por ejemplo, el matrimonio, la investigación con embriones, la adopción por parte de homosexuales, etc. no son temas religiosos, sino éticos. Y la ética debe orientar la legislación.

Paradójicamente, sucede lo contrario de lo que sostiene el relativismo. La falta de sensibilidad hacia la verdad, hacia la realidad de las cosas y el sentido de la vida, lleva consigo la deformación y la corrupción de la libertad. 

En todo caso, la acusación de generar conflictos mezcla dos planos: el de las convicciones personales, y el de su puesta en práctica en el campo político.

Estar persuadido de la verdad no implica imponerla a los demás. Es decir, el conflicto no se produce por el reconocimiento de verdades universales, sino por la falta de respeto a la libertad. 

Es más, la estima por las ideas contrarias, y por las personas que las pronuncian, no nace de la debilidad de las propias creencias; ocurre más bien lo contrario: el respeto hacia todos, aunque piensen distinto, se basa en una verdad universalmente aceptada, “no negociable”, que es la dignidad de cada ser humano.

Cuanto más convencidos estemos de esa verdad –que a los cristianos nos parece tan obvia–, más posible será que se garantice el respeto y la convivencia.

El éxito del relativismo es su postura práctica ante la vida, la excusa fácil que proporciona para vivir como uno desea, sin preguntarse por la autenticidad de su conducta. El gran defecto del relativismo –además de su incoherencia teórica- es que no coincide con el sentido común. Toda persona necesita conocer el sentido de su vida, y su destino.

Por eso, Jesucristo proclamó que “no sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que procede de la boca de Dios” (Mt 4,4); el deseo natural de saber y el hambre de la palabra divina son inextinguibles.

miércoles, 15 de enero de 2014

El ineludible compromiso social del creyente



EL CARACTER COMUNITARIO DE LA VOCACIÓN

La persona necesita la vida social, y presenta una tendencia natural a asociarse para alcanzar objetivos que exceden las capacidades individuales. Ese asociacionismo desarrolla a la persona, en particular, su sentido de iniciativa y de responsabilidad.

Es bueno, por eso, que cada uno participe de algún modo en asociaciones e instituciones de libre iniciativa, para fines económicos, culturales, recreativos, deportivos, profesionales o políticos, tanto nacionales como internacionales.

Por el contrario, una intervención excesiva y fuerte del Estado puede amenazar la libertad y la iniciativa personales.

La doctrina social ha asentado el principio de subsidiariedad, según el cual una estructura social de orden superior no debe interferir en la vida interna de un grupo social de orden inferior, privándola de sus competencias, sino que más bien debe sostenerla en caso de necesidad. Dicho de otro modo, el órgano superior no debe hacer lo que puede desempeñar el inferior.

Dios ha dejado a cada criatura el ejercicio de las funciones que es capaz de ejercer, según las capacidades de su naturaleza. Y este comportamiento de Dios en el gobierno del mundo, que manifiesta tanto respeto a la libertad, debe inspirar a los que gobiernan las comunidades humanas.

En algunos casos, las costumbres consolidadas, o las instituciones sociales injustas, inclinan al pecado a los individuos; es lo que conocemos como estructura de pecado. Puede tratarse de injusticias sociales, violencia sobre las personas, etc. En esos casos, la caridad empuja a promover reformas justas.


LA LIBRE PARTICIPACIÓN

Toda comunidad humana necesita una autoridad para mantenerse y desarrollarse, porque la autoridad pública se funda en la naturaleza humana, y por ello pertenece al orden querido por Dios.

La diversidad de regímenes políticos y modos de ejercer la autoridad es legítima, con tal que promuevan el bien de la comunidad.

La autoridad se ejerce de manera legítima:
a) si busca la consecución del bien común de la sociedad, no los intereses de una parte;
b) si utiliza medios moralmente lícitos;
c) si garantiza a los ciudadanos un cierto ejercicio de la libertad.

El bien común comprende el conjunto de condiciones que permiten -a los grupos y a cada uno de sus miembros- conseguir más plena y fácilmente su propia perfección.

El bien común comporta tres elementos esenciales:
a) el respeto y la promoción de los derechos fundamentales de la persona;
b) la prosperidad, o el desarrollo de los bienes espirituales y temporales de la sociedad;
c) la paz y la seguridad del grupo y de sus miembros.


IGUALDAD Y DIFERENCIAS ENTRE LOS HOMBRES

Creados a imagen de Dios, y dotados de un alma racional, todos los seres humanos poseen una misma naturaleza y una misma dignidad. La igualdad se deriva de su dignidad personal y de los derechos que dimanan de ella.

Ciertamente hay diferencias entre las personas en sus capacidades físicas, en sus aptitudes intelectuales o morales, en las circunstancias de que cada uno se pudo beneficiar, en la distribución de las riquezas, etc.

Estas diferencias pertenecen al plan de Dios, pues quiere que quienes disponen de talentos particulares comuniquen sus beneficios a los que los necesiten. Las diferencias alientan, y con frecuencia obligan, a las personas a ser magnánimas y generosas.

Existen también desigualdades escandalosas que afectan a millones de hombres y mujeres. Están en abierta contradicción con el evangelio, porque se oponen a la justicia social, a la dignidad de la persona humana, y también a la paz social e internacional.

El principio de solidaridad es una exigencia directa de la fraternidad humana; se manifiesta en primer lugar en la distribución de bienes y la remuneración del trabajo. Supone también el esfuerzo en favor de un orden social más justo, en el que las tensiones encuentren más fácilmente una salida negociada.


EL COMPROMISO SOCIAL DEL CREYENTE

Como cualquier otro ciudadano, el creyente puede y debe participar en los colegios profesionales (médicos, farmacéuticos, de arquitectos, economistas, etc), partidos políticos y sindicatos, ONG’s, asociaciones ecologistas, agrupaciones artísticas y culturales, sociedades recreativas y deportivas, asociaciones de vecinos, etc. Desde esas instituciones se ordenan mejor esas realidades temporales hacia el bien común.

Cada persona –y concretamente el creyente- habrá de involucrarse en la medida de sus posibilidades, capacidades e intereses personales, etc., sin ignorar la responsabilidad que le corresponde en los temas más fundamentales: las leyes relativas a la educación, a la familia, y a la justa distribución de los bienes, la vivienda y el trabajo.

Es demagógico y falso el argumento de que el cristiano no debe tomar parte en las instituciones porque obedece a un modo de pensar no libre ni democrático, en definitiva, no laico.

Porque al Estado y sus instituciones no le corresponde la promoción del laicismo, pues supone una determinada toma de postura ideológica sobre la separación entre la religión y la sociedad civil. La Iglesia católica también promueve una separación entre Iglesia y Estado, pero no entre religión y sociedad.

El Estado, como tal, no es “deportista”, pero promueve el deporte, sobre todo aquellas modalidades que más arraigo tienen entres sus ciudadanos. De la misma manera, el Estado no es “artista”, pero impulsa la creación artística, sobre todo aquella más relacionada con su pueblo.

Lo mismo debe hacer con la religión. El Estado es aconfesional, peor puede favorecer que los ciudadanos practiquen la religión que deseen.

Los estudios sociológicos señalan que hoy los jóvenes son especialmente refractarios a pertenecer a instituciones; se adivina en esa actitud un cierto miedo a comprometerse establemente, a ser identificados, caracterizados, etc.

Pues bien, el miedo, sea del tipo que sea, nunca es buen consejero.

martes, 7 de enero de 2014

¿Porqué decir la verdad nos libera de nuestras culpas? La conciencia y la ley de la naturaleza humana

¿Porqué decir la verdad nos libera de nuestras culpas? Porque todos los seres humanos tenemos conciencia; es decir, tenemos una impresión innata acerca de si un acto está bien o mal. Es una voz interior, personalísima, que debemos seguir siempre; es la única manera de actuar con rectitud.

La conciencia emite juicios sobre la moralidad de los actos concretos, y la tiene todo el mundo, aunque no haya sido educado moralmente.

Ahora bien, para emitir un juicio es preciso tener un criterio para discernir, o una medida para medir.

Las valoraciones son posibles si hay un criterio, o un patrón, o una medida:

-    Hacemos estimaciones físicas: por ejemplo, ¿cuánto mide esta vara? ¿Cuánto pesa una persona? ¿Cuántos años tiene? Tenemos la idea de metro, kilo, año.

-    También hacemos valoraciones de calidad: son menos objetivas, pero también comunes: ¿Quién es la más divertida contando chistes? ¿Quién es la más lista? ¿Quién es la más guapa? Responderíamos: Pues eso depende… no hay un tipo único de simpatía, inteligencia o belleza. Pero si hacemos una votación secreta, o un concurso, se descubre que hay bastante acuerdo entre todas.

Del mismo modo, hacemos valoraciones éticas: el criterio para decir si un acto es bueno es la ley de la naturaleza humana, lo que le hace feliz a la persona y lo que no. El autor de esa ley es Dios, que nos ha creado; es la lógica interna del hombre, su verdad.

Por eso se dice que la conciencia es el sagrario de la persona, allí donde Dios se hace presente en la persona. La conciencia descubre esa ley que nos viene dada, no la crea.

En resumen, la conciencia es como la vista:
-    es crucial para cada uno;
-    debe seguirse siempre; de lo contrario, te sales de la carretera;
-    pero puede equivocarse (por un efecto óptico), o necesitar corrección (gafas);
-    y sobre todo, sólo vemos si hay luz… (la luz es la ley de la naturaleza humana).


El pensamiento no cristiano desvincula la conciencia de la verdad de la persona, de su naturaleza. Afirma que la conciencia es autónoma, no ligada a la verdad, y cada uno crea su propia conciencia.

Ya que es imposible –dicen- que la ley moral defina todos los supuestos, ya que las personas y sus actos son personales, la ley sólo puede ser una orientación, no un criterio objetivo vinculante.

Para ellos, la conciencia es creativa, decide por sí misma si el acto es bueno, según quién actúe, las circunstancias, etc.

¿Qué evidencia tenemos de que existe la ley de la naturaleza humana?

Todos tenemos la experiencia de escuchar discusiones, como por ejemplo:

1.    ¿Qué te parecería si alguien te hiciera a ti algo así?
2.    Ese es mi asiento; yo llegué primero
3.    Déjale en paz; no te está haciendo ningún daño
4.    ¿Por qué vas a colarte antes que yo?
5.    Dame un trozo de tu naranja, que yo te di un trozo de la mía
6.    Vamos, lo prometiste.

Esas frases expresan valores que están en la conciencia, que señalo correlativamente:

1.    Tratar a otros como te gustaría ser tratado
2.    Sentido de la propiedad (asiento)
3.    No agredir al inocente
4.    La igualdad entre todos
5.    Correspondencia y equivalencia entre los favores
6.    Cumplir las promesas

Por su parte, el otro miembro de la conversación, el que ha actuado mal…

-    se escuda en alguna circunstancia que le da la razón o en alguna excusa, pero no dice “vete al diablo con tu modelo”;
-    los dos tienen en la cabeza un modelo, unas reglas del juego limpio, de la decencia, etc. Si no lo tuvieran, pelearían por lo que quieren, pero no discutirían sobre quién tiene razón; sencillamente, usarían la fuerza (sea fuerza física, o verbal, o de coacción mediante lobby, etc).

El arrepentimiento que sentimos después de un acto malo, ¿no será fruto de la educación?

Es cierto que hay diferencias entre las culturas y los modos de educar, pero hay más de común que de distinto entre las culturas.

Una moralidad verdaderamente diferente sería aquella en la que:

1.    se admirase al que huye en la batalla, o que un hombre se sintiera orgulloso de traicionar a quien ha sido generosa con él.

2.    se admirase más el egoísmo que la generosidad:     Los hombres han disentido sobre con quiénes hay que ser generoso –sólo con la propia familia, o con los compatriotas, o incluso con todo el mun¬do-. Pero el egoísmo de querer todo para mí, nunca ha sido admirado.

3.    Las culturas han disentido sobre si se deberían tener una o varias esposas. Pero siempre han estado de acuerdo en que no se debe tomar la del prójimo, ni la primera que se desee.

4.    Incluso quienes niegan que exista la naturaleza humana, se quejan si no les das lo que les habías prometido, o no se respetan las reglas con las que él gana, o lo que han ganado con su esfuerzo; dicen “no es justo”.

5.    Si un país quiere agredir a otro, puede argumentar que el tratado que quiere violar era injusto; pero si no creyese en la justicia, ¿para qué dar argumentos y explicaciones?

6.    Si no existe la ley, ¿porqué necesitas excusarte o justificarte, o dar razón de tu conducta?

7.    En consecuencia, hay bien y mal, y se puede llegar a conocer entre todos.

¿No estamos hablando de algo sólo instintivo?

Algunos sostienen que en realidad la persona no es libre, y por tanto no tiene responsabilidad moral. Lo que nos mueve son los impulsos, los instintos, como el amor maternal, o el patriotismo, o el amor por un chico y la atracción sexual, o el instinto de ayudar a alguien.

Sin embargo, no es lo mismo sentir un deseo innato de ayudar a alguien, que saber que debo ayudar a quien lo necesita, me apetezca o no.

Si oigo que alguien pide auxilio, siento dos instintos contradictorios: el de ayudar, y el de mi propia conservación (no meterme en líos). Entonces, entra en juego un tercer impulso, que decide entre los dos anteriores: vencer el miedo y arriesgarme, o lo contrario.
El tercer impulso que dirime la situación, no puede estar al mismo nivel de los dos primeros instintos contradictorios. Es de una naturaleza superior.

¿La ley de la naturaleza humana no será sólo una convención social?

Aunque la ley y la conciencia están innatamente en nosotros, podemos educarlas, formarlas. No todo lo aprendido es una convención humana; aprendemos convenciones (p.e. la ley de la circulación) y también aprendemos verdades (p.e. que 12 y 13 son 25).

La ley de la naturaleza humana no es una convención, sino una verdad. Es común a la mayoría de los hombres y las culturas. Y las pequeñas diferencia entre culturas hacen que unas sean mejores que otras, más justas.

Unas culturas se acercan más a lo que todos consideramos justo o bueno. De lo contrario, la moral cristiana y la nazi, la salvaje o la democrática, serían igualmente válidas.

Conciencia, libertad autónoma y madurez

La madurez y responsabilidad no se demuestra por la “liberación de la conciencia”, o la autonomía de la conciencia”, sino por su acierto con la verdad.
•    El que acierta con el bien, se libera cada vez más.
•    El que yerra, se va haciendo esclavo (el alumno vago que no baja a clase, el esposo infiel pierdes su familia, el drogadicto pierde su libertad)

La madurez consiste en la estabilidad de ánimo, en la capacidad de tomar las propias decisiones, y en el juicio recto sobre los acontecimientos y las personas.

Cuanto más conocimiento ético, más libre se es. En cambio, la ignorancia es una forma de esclavitud. Por ejemplo, a la hora de votar, ¿quién es más libre para votar, quien tiene información o quien no? Al drogarse, ¿quién es más libre, quien conoce las consecuencias o quien no? Ante un posible aborto, ¿quién es más libre, quien sabe en qué consiste o quien no, la chica que es llevada por sus padres a la clínica o quien decide ella?

Formación de la conciencia

De manera innata, tenemos los primeros principios morales (por ejemplo, haz el bien y evita el mal, el decálogo, etc.). Además, la conciencia se va formando con las experiencias propias y ajenas, con el estudio de la ciencia moral, por ejemplo, de la justicia social o de la bioética, etc.

Aunque no la conciencia no crea las normas, sí es creativa en la búsqueda, en indagar las razones de porqué algo es malo, etc.

La conciencia se puede equivocar,
a) porque la inteligencia es falible (al apreciar mal las circunstancias del caso), y
b) por el influjo de las pasiones y la voluntad: “si no vivimos como pensamos, terminamos pensando como vivimos”.

La conciencia se forma (no se crea) mediante la educación, mediante los consejos de personas prudentes, cuidando las lecturas, etc. El gusto por el bien se cultiva, igual que se cultiva la buena educación, o el gusto estético o artístico.

La educación preserva o sana del miedo, del egoísmo y del orgullo, enseña a amar, a superar la comodidad o el capricho.

lunes, 30 de diciembre de 2013

¿Podemos tomar decisiones libres que terminen por esclavizarnos?

Está extendida la opinión de que nuestras decisiones, si han sido adoptadas libremente, no pueden ser malas. Se cree que lo elegido libremente, por el mismo hecho de ser libre, ya es bueno.

Se nos dice que lo importante no es elegir bien, ni elegir lo bueno, sino elegir sin coacciones; si la decisión es libre, da igual lo elegido. Esto es falso.

No todas las opciones desarrollan igualmente la libertad. Unas son equivocadas y terminan haciendo daño a uno mismo y a los demás; otras son correctas, pero pobres; y otras son correctas y enriquecedoras.

Por ejemplo, algunas decisiones inicialmente libres, pero equivocadas:

-    el bebedor que elige beber, destruye su capacidad de trabajar y seguramente perderá su puesto de trabajo
-    el drogadicto al principio es libre, pero después destruye su salud y no es libre para dejar la adicción
-    el esposo infiel elige mal y destruirá su familia y perderá a sus hijos.

Otras opciones pueden ser correctas, pero muy pobres:

-    dedicar la vida a ser campeón de un deporte extraño y minoritario, no redunda en beneficio para los demás (p.e. curling, bochas, etc.); es lícito, pero es pobre;
-    en cambio, mejorar nuestro entorno mediante el propio trabajo, el arte, la literatura, etc, es muy meritorio;
-    y más si dedicamos también los ratos libres y las vacaciones a la solidaridad.

 
La libertad no sólo consiste en elegir, sino en elegir bien, y escoger lo bueno

La libertad no sólo consiste en elegir, sino en elegir bien; de la misma manera que el entendimiento no consiste sólo en elucubrar posibilidades, sino en descubrir cómo son realmente las cosas.

Y al igual que la mente necesita ser contrastada con la realidad, para ver si se equivoca o no (p.e. el investigador o médico que logra vencer una enfermedad, el ingeniero que consigue llevar una conducción de agua de un lugar a otro), la libertad necesita un norte, un proyecto que la ponga en ejercicio, y la emplee en un compromiso que la dignifique.

La inteligencia sale vencedora cuando resuelve un problema, y la libertad sale enaltecida cuando elige bien y se compromete en un buen proyecto.

El ser humano es limitado y por lo tanto también su libertad es limitada; no se basta a sí misma, no convierte en bueno lo que elige, necesita un norte, una guía, un compromiso.

El que no se compromete con algo grande acaba preso de preocupaciones ridículas, ambiciones mezquinas, etc.

Por eso, dice san Josemaría, comentando el sí de la Virgen al anuncio del ángel, que su hágase es “el fruto de la mejor libertad: la de decidirse por Dios” (Amigos de Dios, 25)

Adherirse a lo mejor no determina la libertad, no la anula. Así como el imán atrae al hierro, y cuando se unen la atracción es máxima, de la misma manera el bien atrae a la libertad, y cuando se adhiere al bien, es más feliz. Los santos son los más libres.

Porque lo que se opone a la libertad es la coacción, no el estar adherido al bien. Una madre no pierde su libertad –al contrario- cuando deja de ir al cine con las amigas, para cuidar a sus hijos; sencillamente, ha optado por un bien mayor.


La calidad de la persona se mide por los vínculos que establece, por el servicio que presta, etc.

La decisión por Dios y por los demás, es la que más despliega la libertad, la que más la pone en ejercicio (como un cometa o una vela que se puede desplegar más o menos al viento).

Por lo tanto, hemos de ejercitar la libertad,
-    siendo libres de nuestros caprichos y manías
-    comprometiéndonos en proyectos que valgan la pena, que no sean mero divertimento.

La libertad es un proceso de liberación de condicionamientos interiores (p.e. pecado):
-    Un primer nivel supone ser libre de coacción para elegir.
-    Un segundo nivel exige ser libre de mí mismo para cumplir aquello que me he propuesto.
-    Y en un tercer plano, la libertad encuentra su plenitud en el ámbito sobrenatural de la gracia, apartándose del pecado.

En efecto, todos somos libres, pero podemos cultivar la libertad que Cristo nos ganó en la Cruz, liberándonos de la esclavitud del pecado.

Hemos de luchar positivamente por ser cada vez más libres de condicionamientos exteriores e interiores, porque sin libertad no podemos amar.

Jesús nos dijo: “la verdad os hará libres” (Jn 8,32), porque podemos crecer en libertad.

 
En el plano social también debemos amar la libertad, y promover la justicia y la libertad.

Los cristianos no afirmamos que nosotros poseemos toda la verdad, pero sí afirmamos
-    que la verdad existe,
-    que entre todos podemos alcanzarla, y
-    que es universal, válida para todos, de lo contrario no sería verdad. Si cada uno tiene su verdad, no es propiamente hablando una verdad.

Promovemos la libertad religiosa, el derecho a profesar una religión sin coacción por parte de la sociedad o del Estado, siempre que se respete el orden público.

Los cristianos queremos la separación entre iglesia y estado, pues la religión no es competencia del Estado.

El Estado debe reconocer y favorecer la vida religiosa de los ciudadanos, igual que favorece la cultura, el arte o el deporte, que no son competencia suya.

Unos ejemplos:

a) El Estado no es en sí mismo “deportista”, no toma partido por un deporte u otro; pero sí apoya aquel deporte en el que sobresalga un español, y construye polideportivos en los pueblos.

b) El estado no toma partido entre la música, la literatura o la escultura; apoya aquellas manifestaciones culturales y artísticas que son propias de nuestra tierra, y construye bibliotecas, auditorios musicales, paga conciertos, premios literarios, etc.

De la misma manera, el Estado no es religioso, pero puede apoyar las manifestaciones religiosas que sean comunes entre sus ciudadanos; y por eso puede pagar la rehabilitación o construcción de iglesias, o puede ayudar a sufragar los gastos de una JMJ con el Papa.

La religión no puede ser relegada al templo, debe poder estar en la calle, en los actos públicos,
-    de manera visible (porque el hombre es un ser sensible),
-    de manera repetida (porque el hombre es un ser histórico y temporal),
-    y de manera comunitaria (porque el hombre es un ser social).

martes, 10 de diciembre de 2013

La libertad del hombre, la bondad de Dios y el sufrimiento de los inocentes

Dios nos quiere libres, pero eso conlleva la existencia del mal, incluso del sufrimiento de los inocentes.

Dios quiere que seamos cada día más libres

La primera condición de la libertad es poder elegir sin coacción entre varias opciones. Pero eso es sólo el principio; la libertad, sobre todo, consiste en elegir bien; de la misma manera que el entendimiento no consiste sólo en elucubrar posibilidades, sino en descubrir cómo son realmente las cosas.

Y al igual que la mente necesita el contraste con la realidad, para ver si se equivoca o no (p.e. el ingeniero que resuelve un problema, o cuando tiene que llevar una conducción de agua de un lugar a otro; o el médico que ha de vencer una enfermedad), de la misma manera la libertad necesita un norte, un proyecto que la ponga en ejercicio, y un compromiso que la dignifique.

La inteligencia sale vencedora cuando resuelve un problema, y la libertad sale enaltecida cuando elige bien y se compromete en un buen proyecto. Por eso, el fruto de la mejor libertad es decidirse por la propuesta que nos hace Dios.

La cultura contemporánea, en cambio, nos sugiere que la libertad consiste sólo en poder elegir sin ninguna coacción; que lo importante no es elegir el bien; si la decisión es libre, da igual lo elegido, pues será bueno en cualquier caso. Si es libre, es buena.

Esto es falso en parte. Hay una dimensión de la libertad, la más básica, que consiste en poder elegir, p.e. estudiar la carrera de medicina en Navarra. Es la “libertad de…”.

Pero luego hay otra dimensión, (la “libertad para…”), que consiste en poder llevar a cabo, un día y otro, el proyecto decidido, libre de obstáculos ajenos y propios.

Replantearse cada día si la carrera o el novio, son los más apropiados, no es libertad. La libertad se pone en ejercicio con el compromiso.

Además, la calidad de una persona se mide por los vínculos que establece. No todas las opciones desarrollan igualmente la libertad. Unas decisiones son equivocadas, y otras son correctas, pero pobres; y otras son correctas y muy enriquecedoras.

Veamos unos ejemplos de decisiones inicialmente libres, pero equivocadas:

-    el bebedor que elige beber, destruye su capacidad de trabajar y seguramente perderá su puesto de trabajo
-    el drogadicto al principio es libre, pero después destruye su salud y no es libre para dejar la adicción
-    el esposo infiel elige mal y destruirá su familia y perderá a sus hijos.

Otras opciones pueden ser correctas, pero muy pobres:

-    dedicar la vida a ser campeón de un deporte extraño y minoritario, no redunda en beneficio para los demás (p.e. curling, bochas, etc.); es lícito, pero es pobre;
-    en cambio, mejorar nuestro entorno mediante el propio trabajo es muy meritorio (p.e. el arte, la literatura, etc.)
-    y más si dedicamos también los ratos libres y las vacaciones a la solidaridad.

La calidad de la persona se mide por los vínculos que establece, por el servicio que presta, etc.

La decisión por Dios y por los demás, es la que más despliega la libertad, la que más la pone en ejercicio (como un cometa que se puede desplegar más o menos al viento).

Por lo tanto, hemos de ejercitar la libertad, ser cada día más libres:

-    libres de nuestros caprichos y manías (que a menudo se convierten en pecados)
-    comprometiéndonos en proyectos que valgan la pena, que no sean mero divertimento.

Dios quiere nuestra libertad e iniciativa personal, porque sin libertad no podemos amar. No sólo eso: quiere además que cada vez seamos más libres, liberándonos de la esclavitud del pecado y la mentira. Por eso, Jesús nos dijo: “la verdad os hará libres” (Jn 8,32).

El misterio del mal y del sufrimiento

Ahora bien, la libertad nos hace capaces de amar, pero también de hacer el mal, de cometer el pecado. El mal surge porque el hombre es libre y a veces elige el pecado.

Pero, si Dios es padre y todopoderoso, ¿no podría hacer compatible un mundo bueno y que seamos libres? No, no es compatible. Dios puede hacer todo aquello que sea intrínsecamente posible.

•    Dios no puede actuar injustamente, no puede hacer disparates;
•    No puede hacer algo contradictorio consigo mismo. Por ejemplo, Dios crea el círculo y le da unas características que lo definen como círculo; después no puede o no quiere hacer que un círculo sea cuadrado; puede convertirlo en un cuadrado, pero el círculo no puede ser cuadrado.

Si Dios fuese corrigiendo o impidiendo a cada momento nuestros actos malos, el palo con que uno va a pegar tendría que volverse blando, la escopeta debería encasquillarse, el aire se negaría a transmitir las ondas sonoras de una mentira, los malos pensamientos del malhechor quedarían anulados porque su cerebro se negaría a pensar unos instantes, etc.

Y  ¿no podría evitar los males a los buenos? Entonces, cuando hubiese un accidente de tren, tendría que salvar a los virtuosos que viajaban en él. Y si una helada destruye una cosecha, un ángel tendría que proteger la parcela del bueno. Y si hay una inundación, desviar el cauce al pasar por la granja del bueno.

Ese mundo sería grotesco, y no libre. Las leyes del mundo actúan sobre los buenos y los malos, como el trigo y la cizaña crecen juntos.

¿Quizá aplicamos a Dios un concepto de bondad equivocado?
•    Los frutos de la exigencia de los padres y profesores o formadores, quizá se ven sólo al cabo de los años.
•    Unos buenos padres deben dejar correr riesgos a su hijo, para educar bien su libertad.


lunes, 11 de noviembre de 2013

Vivimos gracias a la confianza

No todo lo que nos ata restringe nuestra libertad. Por ejemplo, las cadenas esclavizan, pero las raíces –que también atan- nos alimentan. Así es la fe, una raíz.
En todos los ámbitos, vivimos gracias a la confianza en los expertos. ¿Por qué no confiar también en Dios, con respecto al sentido de nuestra vida?
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No tenemos evidencias empíricas de todo. Si no confiáramos en los demás, si no tuviéramos fe en ellos, podríamos dudar de casi todo: p.e. de si somos hijos de nuestros padres (hay niños robados), del medicamento y el rótulo de su caja, de los carteles de las autopistas, de que la cena no está envenenada, o de tantos detalles de geografía e historia, etc.
Lo mismo pasa en la amistad y el amor: no sabemos si en caso de problemas esta persona me será fiel. Sólo puedo decir que creo en ella. La amistad exige confianza.
El ámbito de lo que yo puedo comprobar empíricamente es muy limitado, y sería muy reduccionista confiar sólo en lo que yo puedo comprobar por mí mismo. No es razonable pedir un desproporcionado grado de seguridad, sobre todo si sólo lo pedimos para las cuestiones de fe y moral.
La resistencia para creer en Dios procede de que eso implica decisiones morales, es decir, de la conducta. Por eso, Dios quiere moverse en el terreno de la fe, y no nos proporciona evidencias irrefutables. El acto de fe reclama la libertad. Hay que entender bien la libertad, y distinguir entre los lazos que dan vida y los vínculos que esclavizan: si rompes tus cadenas, te liberas; pero si cortas con tus raíces –que también atan-, mueres.
No se puede demostrar empíricamente (aunque sí se puede mostrar lógicamente) la existencia de Dios, porque Dios no es sensible, no se mueve en el mundo físico, sino en la metafísica. Tampoco se puede demostrar que no exista. Y sin embargo, los que no quieren creer viven como si Dios no existiera, es decir, que ya toman partido.
¿Y en caso de equivocarse? Decía Pascal: “prefiero equivocarme creyendo en un Dios que no existe, que equivocarme no creyendo en un Dios que existe. Porque si después no hay nada, evidentemente nunca lo sabré, cuando me hunda en la nada eterna. Pero si hay algo, si hay Alguien, tendré que dar cuenta de mi actitud de rechazo”.
Además, en el plano meramente humano, la fe da sentido a la vida del creyente. A veces, los no-creyentes “bienintencionados” (p.e. Mario Vargas Llosa) suelen decir que tienen envidia de la alegría e ingenuidad de los creyentes, pues la fe les ayuda a sobrellevar los disgustos y dificultades de la vida, mientras el no-creyente no les encuentra ningún sentido.
Una vez más, la explicación del creyente puede parecer ardua, pero la del increyente es más ardua aún, y desesperanzadora.