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lunes, 26 de mayo de 2014

Christians are indistinguishable from other men; and yet there is something extraordinary about their lives


From a letter to Diognetus (2nd century)

Christians are indistinguishable from other men either by nationality, language or customs. They do not inhabit separate cities of their own, or speak a strange dialect, or follow some outlandish way of life. Their teaching is not based upon reveries inspired by the curiosity of men. Unlike some other people, they champion no purely human doctrine. With regard to dress, food and manner of life in general, they follow the customs of whatever city they happen to be living in, whether it is Greek or foreign.

And yet there is something extraordinary about their lives. They live in their own countries as though they were only passing through. They play their full role as citizens, but labor under all the disabilities of aliens. Any country can be their homeland, but for them their homeland, wherever it may be, is a foreign country. Like others, they marry and have children, but they do not expose them. They share their meals, but not their wives. They live in the flesh, but they are not governed by the desires of the flesh. They pass their days upon earth, but they are citizens of heaven. Obedient to the laws, they yet live on a level that transcends the law.

Christians love all men, but all men persecute them. Condemned because they are not understood, they are put to death, but raised to life again. They live in poverty, but enrich many; they are totally destitute, but possess an abundance of everything. They suffer dishonor, but that is their glory. They are defamed, but vindicated. A blessing is their answer to abuse, deference their response to insult. For the good they do they receive the punishment of malefactors, but even then they rejoice, as though receiving the gift of life. They are attacked by the Jews as aliens, they are persecuted by the Greeks, yet no one can explain the reason for this hatred.

To speak in general terms, we may say that the Christian is to the world what the soul is to the body. As the soul is present in every part of the body, while remaining distinct from it, so Christians are found in all the cities of the world, but cannot be identified with the world. As the visible body contains the invisible soul, so Christians are seen living in the world, but their religious life remains unseen. The body hates the soul and wars against it, not because of any injury the soul has done it, but because of the restriction the soul places on its pleasures. Similarly, the world hates the Christians, not because they have done it any wrong, but because they are opposed to its enjoyments.

Christians love those who hate them just as the soul loves the body and all its members despite the body’s hatred. It is by the soul, enclosed within the body, that the body is held together, and similarly, it is by the Christians, detained in the world as in a prison, that the world is held together. The soul, though immortal, has a mortal dwelling place; and Christians also live for a time amidst perishable things, while awaiting the freedom from change and decay that will be theirs in heaven. As the soul benefits from the deprivation of food and drink, so Christians flourish under persecution. Such is the Christian’s lofty and divinely appointed function, from which he is not permitted to excuse himself.

viernes, 2 de mayo de 2014

Corea, un ejemplo de apostolado de los laicos



El desarrollo del cristianismo en Corea constituye un caso inusitado en la historia de la Iglesia, pues la fe prendió en estas tierras gracias a la acción apostólica de un grupo de seglares.

En 1780, un grupo de jóvenes de la nobleza se ha­cen con algunos libros sobre la religión católica, que lle­gan al país a través de China. Se reúnen y estudian el contenido de esos libros, aunque en un primer momento se limitan a comparar los principios católicos con los de la filosofía confuciana.

Uno de los principales promotores de este pequeño círculo es Yi Byók, joven con inquietudes religiosas que crecen paralelas al estudio de la religión, Con él, otro de los primeros es Yi Süng-hun, hijo de un alto dignatario imperial, y de grandes dotes intelectuales: lee y escribe con facilidad el chino desde la infancia; procura imitar las vidas de santos que conoce, aplicándolas a su situa­ción en el mundo, y promueve la fe católica entre sus amigos. Su entusiasmo es contagioso, y pronto se le agregan varios de sus hermanos y primos.

Pasan tres años dedicados al estudio de la doctrina cristiana. Ya hace tiempo que los intereses culturales han dado paso a una profunda inquietud personal. En el invierno de 1783 se presenta la ocasión de dar un nuevo paso. Yi Súng-hun acompaña a su padre en una misión diplomática a China, que es por entonces el único modo de entablar contacto con representantes del Catolicismo. En Pekín, Yi Súng-hun permanece cuarenta días, realiza el anhelado encuentro con misioneros católicos, y es bautizado con el nombre de Pedro.

De vuelta a Seúl, cargado de rosarios, libros, imáge­nes, y con el tesoro del bautismo, Pedro bautiza a Yi­Byók, que recibe el nombre de Juan Bautista; y éste a su vez administra el sacramento a los hermanos Chóng, a los Kwón y a muchos otros. A partir de ahora, el grupo de estudiosos se transforma en círculo de fieles. Kim Bóm-u entrega su casa, que queda convertida en la pri­mera iglesia coreana, Un siglo después, en este mismo emplazamiento, se construiría la actual catedral Myóng­dong, de Seúl.

El régimen de vida de esos primeros cristianos es muy elemental. Los domingos se reúnen para rezar y es­tudiar la fe. Abandonan la rígida distinción de clases y el ofrecimiento de sacrificios a los antepasados, propios del confucianismo. Se denominan entre sí amigo creyente y, además de rezar, se dedican con empeño a la difusión de literatura católica mediante traducciones a la lengua co­reana.

En cinco años, el grupo inicial crece vigorosamente, y se siente acuciante la necesidad de sacerdotes. Después de un intento infructuoso de resolver esa dificultad, acu­den al obispo de Pekín, quien les insiste en la urgencia de abrir las puertas cuanto antes a la entrada de sacerdo­tes en Corea.

Ese mismo año, 1789, se desencadena la primera persecución que provoca el arresto, la tortura y poste­rior muerte en el exilio de Kim Bóm-u, el propietario de la casa donde se reúnen los fieles, y de otros cristianos. Por otra parte, es inconcebible que un miembro de la nobleza rechace el ofrecimiento de sacrificios a su madre difunta. La negativa de Pablo Yun Chi-Ch'ung llega a oídos del rey Chóng-ho. El Cristianismo aparece ante sus ojos como un peligro para las tradiciones patrias, y más aún su difusión entre la nobleza. El 7 de diciembre de 1791, Pablo y Santiago son condenados a muerte. Han pasado sólo siete años desde el primer bautismo, y estos dos martirios son una prueba del arraigo de la fe en los primeros católicos.

Este primer encuentro con la Cruz no es más que el preludio de una serie interminable de persecuciones, ca­da vez más violentas y crueles, que durará casi un siglo.

En 1794, diez años después del bautismo de Pedro, llega desde China el primer sacerdote, Chu Mun-mo Ve­llozo. Es comprensible su estupor al comprobar que ya hay en Corea cuatro mil católicos. Pero su presencia es la chispa que desencadena una segunda persecución.

Al emperador Chóng-ho le sucede su hija, quien toma severas medidas en 1801 para erradicar el Cristianismo del país. Encarcela a cristianos de todos los estratos de la socie­dad, sin respetar a sus parientes. Du­rante esta nueva persecución pierden la vida alrededor de trescientos católicos, entre ellos el sacerdote Vellozo.

Los supervivientes a la muerte o al destierro, espe­cialmente los miembros de la nobleza, buscan refugio en las montañas, donde perseveran --de nuevo sin sacerdotes- durante más de 30 años. Pero el crecimiento de la Iglesia es imparable. Incluso en los más duros momentos de persecución, fieles coreanos visitan con frecuencia al obispo de Pekín, solicitando el envío de algún sacerdote. Llegan incluso a dirigirse al Papa Pío VII, alegando la existencia de 10.000 católicos en Corea.

Las persecuciones se suceden una tras otra: 1815, 1827... Pero la Iglesia sigue crecien­do: una vez más, la sangre de los mártires se convierte en semilla de cristianos.

En 1831 se constituye un Vicariato apostólico, pero el Obispo no llega a pisar el país: muere en Mongolia, en 1835. Dos años después llega por fin Mons. Laurent Ma­rie Joseph Imbert, acompañado de dos sacerdotes. Los tres mueren mártires al año siguiente, en el curso de una nueva ofensiva.

En 1845 llega a Corea el tercer Vicario Apostólico, acompañado de dos sacerdotes, y entre ellos el primero coreano, Andrés Kim Tae-gón, que sufriría martirio ape­nas un año más tarde. Con todo, a la vuelta de veinte años, los católicos eran ya unos veintitrés mil.

Por estas fechas, el número de mártires de la fe se cuenta por millares, pero no es más que un botón de muestra de lo que se avecina. En 1864 se produce un cambio dinástico y sube al trono un niño de doce años. Hasta que alcance la mayoría de edad será su padre quien ostente la regencia. Son momentos en los que se implanta el proteccionismo económico y se intentan evi­tar las ingerencias extranjeras, consideradas como la fuente de todos los problemas de Corea. Se desencadena una nueva persecución, que va a cobrarse un ingente tri­buto de sangre católica. Sólo en Seúl, perecen unos 400 católicos. En septiembre de 1868, son martirizados unos 2.000 fieles, y 8.000 más sufren trabajos forzados o la muerte, en 1870.

A pesar de la serie interminable de contradicciones, una de las más trágicas en la historia del Catolicismo, a comienzos del siglo XX se contaban en Corea 50.000 fieles.

La Iglesia, abundantemente regada con sangre de mártires, ha fructificado fecunda. Durante su viaje apostólico a Corea en 1984 para celebrar el bi­centenario de la Iglesia en ese país, Juan Pablo II canoni­zó a 103 mártires coreanos.

martes, 18 de marzo de 2014

¿Cómo se entiende el celibato de hombres y mujeres laicos? ¿Y el de los sacerdotes?



¿No sería preferible que los sacerdotes pudiesen casarse? Así habría menos riesgo de pederastia, y podrían aconsejar mejor a los casados.

En la iglesia católica latina todos los sacerdotes y obispos han de ser célibes. En la iglesia católica oriental pueden ser ordenados algunos hombres casados, pero no pueden casarse los que ya están ordenados. Y los obispos se eligen entre los sacerdotes célibes.

En la iglesia católica latina pueden ser aceptados como sacerdotes algunos conversos que antes eran sacerdotes casados, de la iglesia anglicana u ortodoxa.

Las razones –unas teológicas, y otras de conveniencia- para exigir el celibato a todos los sacerdotes de la iglesia católica latina, son las siguientes:

Jesucristo quiso ser célibe. Lo habitual entre los rabinos, fariseos y sacerdotes del pueblo de Israel era que se casasen. También había algunos pocos ejemplos de personas que elegían la virginidad, como los esenios, o Juan Bautista, o alguno de los antiguos profetas, como Jeremías. Pero lo normal era que los hombres dedicados a Dios se casasen. Sin embargo, Jesucristo optó por ser célibe.

Parece claro que el sacerdote célibe ha de entregar toda su capacidad de querer a Dios y a los demás. El célibe no es una persona que no sabe querer; lo que ocurre es que no necesita especificar en una sola persona (la esposa) su amor, sino que se dedica a todas las almas, por Dios.

Y además, hay razones de conveniencia: el sacerdote célibe puede dedicar su tiempo a formarse, a estudiar; y está más disponible para atender a quien lo necesite, para dedicar todo su tiempo a la administración de sacramentos, a la predicación, a la asistencia al necesitado, etc. Y además, puede cambiar de lugar de residencia, si las necesidades pastorales lo reclaman.

En cambio, algunos presbíteros casados de otras iglesias apenas pueden dedicar tiempo a su propia formación, al estudio de la teología, etc.

En definitiva, las razones son: imitar a Jesucristo, dedicar a Dios y a los demás todo el corazón, disponer de cabeza y de tiempo para las necesidades pastorales, libertad de condicionamientos para traslados, etc.


¿Cómo se entiende el celibato de hombres y mujeres laicos, sin ser religiosos?

Los textos del Nuevo Testamento en los que se habla del celibato, y en los que aparece recomendado, son fundamental­mente dos:

a) El pasaje del Evangelio según san Mateo en el que Jesucristo alaba a los que han decidido no contraer matrimonio "por el Reino de los cielos" (Mt 19, 12);

b) Y el texto de la Pri­mera Carta a los Corintios en el que san Pablo habla del celibato y del matrimonio como dones o vocaciones divinas, seña­lando a la vez la excelencia de la primera (1 Co 7, 3-7, 25-35).

Ya desde la misma época apostólica hubo cristianos, hombres y mujeres, que asumieron el compromiso del celibato; los varones so­lían ser designados como ascetas; las mujeres, como vírgenes. Entre estas últimas -más numerosas- se llegó en algunos casos a consagrarlas, pero no faltaron mujeres que asumían el celibato sin variar su condición secular.

Quienes siguen ese camino vocacional no son personas que no com­prenden o no aprecian el amor; al contrario, su vida se explica por ese Amor divino.

Quien es llamado por Dios al celibato es alguien que sabe amar, y porque sabe, puede entender dedicar toda la vida a Cristo y a las almas. El celibato, en palabras del papa Benedicto XVI, no pue­de significar «quedarse privados de amor, sino que debe significar dejarse tomar por la pasión por Dios».

El celibato no es la consecuencia de ser incapaz para la vida afectiva. El cristiano célibe debe tener corazón, y mucho, para querer a un gran número de personas, sin necesitar un afecto sensible.

Hay una tendencia a unir el celibato sólo a la condición sacerdotal o a la vida religiosa. Sin embargo, el celibato no implica renunciar a la vida en la calle, a las actividades seculares. Al contrario, ser célibe y laico al mismo tiempo, supone afirmar el valor santificador de las cosas seculares.

Por lo tanto, el celibato propicia dedicar todo el corazón y la cabeza a la misión evangelizadora; además, facilita estar disponible (con tiempo, con posibilidades de movimiento) para la difusión de la san­tidad y al apostolado. El celibato en el Opus Dei es secular y laical, porque es asumido para la personal santificación en medio del mundo y al servicio de una misión apostólica.

Así pues, el celibato obedece a una razón de amor, de entregar el cuerpo y el alma completamente a Dios y a los demás.

Los primeros cristianos vivían a fondo su vocación cristiana; buscaban la santidad por el hecho, sencillo y sublime de haber sido bautizados. Se distinguían de los demás ciudadanos por sus costumbres, más limpias, pero no por lo demás.