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lunes, 29 de septiembre de 2014

What is a Catholic priest? What is the nature of the priesthood?



(Text  from the decree “Presbyterorum ordinis”, on the ministry and life of priests, of the Second Vatican Council, issued by the Commission on the Discipline of the Clergy, being Blessed Mons. Alvaro del Portillo the secretary)

By the sacrament of Orders priests are formed in the image of Christ the Priest, to be ministers of Christ the Head in constructing and building up his whole Body, the Church, as fellow-workers with the order of bishops. In the consecration of baptism they have already received, in common with all Christians, the sign and gift of so great a vocation and grace that, even in their human weakness, they have the power, and the duty, to seek perfection, in accordance with our Lord’s words: Be perfect, then, as your Father in heaven is also perfect.

Priests are obligated in a special way to acquire this perfection. By receiving holy Orders they have been consecrated in a new way, and made living instruments of Christ the eternal Priest, so as to be able to continue through the years Christ’s wonderful work which, by divine power, has restored to wholeness the entire family of man.

Since each priest acts, as far as he may, in the person of Christ himself, he is given special grace to help him grow toward the perfection of the one whose role he plays, as he ministers to his flock and the whole people of God. He receives grace for the healing of human weakness from the holiness of Christ, who became for us a high priest, holy, innocent, undefiled, separated from sinners.

Christ, whom the Father sanctified, that is, consecrated, and sent into the world, gave himself for us, to redeem us from all sin, and to purify for himself an acceptable people, zealous for good works. So, through his passion he entered into his glory. In the same way, priests, consecrated as they are by the anointing of the Holy Spirit and sent by Christ, put an end in their lives to the sins of our selfish nature, and give themselves wholly to the service of mankind, and so are enabled to grow to perfect manhood in the holiness with which they are enriched in Christ.

As they exercise the ministry of the Spirit and of holiness, they are strengthened in the spiritual life, provided that they are docile to Christ’s Spirit, who gives them life and is their guide. By the sacred actions they perform daily, and by their entire ministry in communion with their bishop and fellow-priests, they are set on the way that leads to perfection.

The holiness of priests is itself an important contribution to the fruitfulness of their ministry. It is true that God’s grace can effect the work of salvation even through unworthy ministers, but God ordinarily prefers to show his wonders by means of those who are more submissive to the inspiration and guidance of the Holy Spirit, and, who through close union with Christ and holiness of life, are able to say with Saint Paul: I live, but no longer is it I who live, it is Christ who lives within me.

martes, 18 de marzo de 2014

¿Cómo se entiende el celibato de hombres y mujeres laicos? ¿Y el de los sacerdotes?



¿No sería preferible que los sacerdotes pudiesen casarse? Así habría menos riesgo de pederastia, y podrían aconsejar mejor a los casados.

En la iglesia católica latina todos los sacerdotes y obispos han de ser célibes. En la iglesia católica oriental pueden ser ordenados algunos hombres casados, pero no pueden casarse los que ya están ordenados. Y los obispos se eligen entre los sacerdotes célibes.

En la iglesia católica latina pueden ser aceptados como sacerdotes algunos conversos que antes eran sacerdotes casados, de la iglesia anglicana u ortodoxa.

Las razones –unas teológicas, y otras de conveniencia- para exigir el celibato a todos los sacerdotes de la iglesia católica latina, son las siguientes:

Jesucristo quiso ser célibe. Lo habitual entre los rabinos, fariseos y sacerdotes del pueblo de Israel era que se casasen. También había algunos pocos ejemplos de personas que elegían la virginidad, como los esenios, o Juan Bautista, o alguno de los antiguos profetas, como Jeremías. Pero lo normal era que los hombres dedicados a Dios se casasen. Sin embargo, Jesucristo optó por ser célibe.

Parece claro que el sacerdote célibe ha de entregar toda su capacidad de querer a Dios y a los demás. El célibe no es una persona que no sabe querer; lo que ocurre es que no necesita especificar en una sola persona (la esposa) su amor, sino que se dedica a todas las almas, por Dios.

Y además, hay razones de conveniencia: el sacerdote célibe puede dedicar su tiempo a formarse, a estudiar; y está más disponible para atender a quien lo necesite, para dedicar todo su tiempo a la administración de sacramentos, a la predicación, a la asistencia al necesitado, etc. Y además, puede cambiar de lugar de residencia, si las necesidades pastorales lo reclaman.

En cambio, algunos presbíteros casados de otras iglesias apenas pueden dedicar tiempo a su propia formación, al estudio de la teología, etc.

En definitiva, las razones son: imitar a Jesucristo, dedicar a Dios y a los demás todo el corazón, disponer de cabeza y de tiempo para las necesidades pastorales, libertad de condicionamientos para traslados, etc.


¿Cómo se entiende el celibato de hombres y mujeres laicos, sin ser religiosos?

Los textos del Nuevo Testamento en los que se habla del celibato, y en los que aparece recomendado, son fundamental­mente dos:

a) El pasaje del Evangelio según san Mateo en el que Jesucristo alaba a los que han decidido no contraer matrimonio "por el Reino de los cielos" (Mt 19, 12);

b) Y el texto de la Pri­mera Carta a los Corintios en el que san Pablo habla del celibato y del matrimonio como dones o vocaciones divinas, seña­lando a la vez la excelencia de la primera (1 Co 7, 3-7, 25-35).

Ya desde la misma época apostólica hubo cristianos, hombres y mujeres, que asumieron el compromiso del celibato; los varones so­lían ser designados como ascetas; las mujeres, como vírgenes. Entre estas últimas -más numerosas- se llegó en algunos casos a consagrarlas, pero no faltaron mujeres que asumían el celibato sin variar su condición secular.

Quienes siguen ese camino vocacional no son personas que no com­prenden o no aprecian el amor; al contrario, su vida se explica por ese Amor divino.

Quien es llamado por Dios al celibato es alguien que sabe amar, y porque sabe, puede entender dedicar toda la vida a Cristo y a las almas. El celibato, en palabras del papa Benedicto XVI, no pue­de significar «quedarse privados de amor, sino que debe significar dejarse tomar por la pasión por Dios».

El celibato no es la consecuencia de ser incapaz para la vida afectiva. El cristiano célibe debe tener corazón, y mucho, para querer a un gran número de personas, sin necesitar un afecto sensible.

Hay una tendencia a unir el celibato sólo a la condición sacerdotal o a la vida religiosa. Sin embargo, el celibato no implica renunciar a la vida en la calle, a las actividades seculares. Al contrario, ser célibe y laico al mismo tiempo, supone afirmar el valor santificador de las cosas seculares.

Por lo tanto, el celibato propicia dedicar todo el corazón y la cabeza a la misión evangelizadora; además, facilita estar disponible (con tiempo, con posibilidades de movimiento) para la difusión de la san­tidad y al apostolado. El celibato en el Opus Dei es secular y laical, porque es asumido para la personal santificación en medio del mundo y al servicio de una misión apostólica.

Así pues, el celibato obedece a una razón de amor, de entregar el cuerpo y el alma completamente a Dios y a los demás.

Los primeros cristianos vivían a fondo su vocación cristiana; buscaban la santidad por el hecho, sencillo y sublime de haber sido bautizados. Se distinguían de los demás ciudadanos por sus costumbres, más limpias, pero no por lo demás.