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miércoles, 5 de marzo de 2014

Dios sigue creando el mundo, y lo mantiene en su evolución, para comunicar su gloria y amor


El universo ha sido creado por Dios, para comunicar su amor a las criaturas espirituales, y manifestar a través de lo creado su grandeza y perfección. El ser humano existe pura y simplemente por el amor de Dios que lo creó, y lo conserva.

Las cosas creadas manifiestan la gloria y el poder de Dios obedeciendo unas leyes físicas. En cambio, las personas respondemos libremente con nuestro amor.

La teoría de la evolución, y cualquier otra explicación científica que describa cómo ha evolucionado el mundo material, puede ser compatible con la doctrina cristiana sobre la creación por parte de Dios, si queda claro que:
-          la creación fue -y sigue siendo- un acto libre de Dios;
-          creó a partir de la nada material;
-          la creación tuvo un comienzo en el tiempo;
-          el hombre tiene un alma espiritual, con inteligencia y voluntad, infundida por Dios.

La naturaleza de la persona humana misma revela que procede de Dios y se encamina hacia Él. Por ejemplo,
-          el ser humano desea la infinitud y eternidad, perdurar en sus obras y en las personas queridas;
-          es naturalmente religioso; el hecho religioso es universal; el ateísmo no se ha dado hasta hace tres siglos, y sólo en la cultura occidental;
-          es creador; tiene un sentido estético, una capacidad artística; además, siente la necesidad de investigar lo desconocido, de dominarlo todo.


lunes, 25 de noviembre de 2013

Pistas para creer en Dios (IV): la inteligencia humana y el alma

¿Qué es la inteligencia humana? Se suele decir que los perros y los delfines son inteligentes... Unas gallinas debidamente adiestradas picarán en el botón adecuado para conseguir comida. ¿Es eso inteligencia?

Cuando se habla de la inteligencia humana, se le suele añadir inteligencia simbólica; podemos reconocer símbolos, como una bandera, y asociarles valores abstractos (p.e. nuestra historia y valores).

Podemos descubrir las causas, inferir los porqués. Podemos abstraer conceptos; sabemos lo que significa la palabra justicia, somos capaces de imaginar un mundo en el que impere esa justicia, aunque jamás hayamos tenido esa experiencia. Podemos imaginar un mundo en el que reine la verdad, el bien y la belleza. Aún más; podemos pensar qué estrategias, qué cadenas de causas y efectos podríamos idear para que el mundo de nuestra experiencia se parezca cada vez más al que considerásemos ideal.

Podemos evaluar las probabilidades de éxito de esas estrategias, seguir su progreso, estimar su equilibrio coste-beneficio y determinar qué estaríamos dispuestos a sacrificar por lograr nuestros anhelos. Cada minuto de nuestra vida hacemos este tipo de juicios de valor. Pues bien, eso es la inteligencia.

Ningún animal es capaz de algo semejante, aunque algunos simios tienen un cerebro que es el 20% del humano, en términos relativos. No es una cuestión de grado; es una diferencia cualitativa. Los animales no pueden imaginar una experiencia que no hayan tenido. Cuando aprenden, solo anticipan una relación causa-efecto que han vivido antes en muchas ocasiones. Los chimpancés nunca urdirán un plan para hacerse con el poder del circo. En cambio, la historia de la humanidad es la historia de la concatenación de planes para conseguir objetivos que, equivocada o acertadamente, consideramos que harán el mundo mejor, al menos para nosotros. Es esta capacidad la que nos hace libres y, por eso mismo, responsables. Eso es la inteligencia.

Esto es exclusivo del ser humano. Nuestro cuerpo se ha formado a través de la evolución; nuestra inteligencia no.

El Homo Habilis adquirió la capacidad para la elaboración de instrumentos de piedra. Pero esta habilidad no era producto de la inteligencia, sino puramente instintiva, basada en los genes, como puede ser la asombrosa capacidad de las abejas para construir panales con celdas de forma hexagonal -la forma más ahorrativa de hacer celdas-. Una habilidad instintiva se distingue de una de la inteligencia por su velocidad de cambio. Las habilidades instintivas no cambian más que cuando cambia la genética de la especie. Las de la inteligencia, en cambio, lo ha¬cen a una velocidad mucho mayor que la de la evolución de la especie, pues nacen del ingenio de cada individuo y se propagan de unos individuos a otros.

El Australopitecus dio paso al género Homo. El Homo Erectus pasó a caminar erguido. El Homo Sapiens apareció hace 300.000 años, y era anatómicamente como nosotros pero los signos de inteligencia simbólica aparecen hace 50.000 años.

Hay tres rasgos que evidencian la inteligencia simbólica; los enterramientos rituales, la producción de objetos «inútiles» y el arte.

Los enterramientos rituales se distinguen de los otros por la postura de los cadáveres, por los objetos que pudiesen ser de utilidad para el difunto en otra vida, y objetos que no tienen una utilidad práctica: adornos, pendientes, brazaletes; aparecen diferencias entre la suntuosidad de unos enterramientos y otros, lo que evidencia una organización social. Por último, apareció el arte, en forma de pintura, escultura y música (huesos tallados a modo de flautas).

Si la inteligencia fuese un fenómeno únicamente físico, fruto de la evolución y del tamaño del cerebro, cabría esperar que el hombre tuviese muchos más genes que cualquier otra especie, para codificar genéticamente esa gran capacidad del cerebro. Pues no es así; sólo tenemos unos 31.000, sólo unos 300 más que un ratón.

¿Qué es más sencillo de creer: la acción guiada del Diseñador, o múltiples cambios genéticos combinados al azar con adaptaciones evolutivas?

Pistas para creer en Dios (III): el planeta Tierra y la vida en él

La Tierra es un planeta totalmente especial. Para nacer, la vida necesita una atmósfera, agua líquida en abundancia y carbono sólido, lí¬quido y gaseoso. Y para sobrevivir necesita estar protegida de tres enemigos: La lluvia de asteroides, los cambios climáticos y las radiaciones cósmicas.

a) Para tener una atmósfera un planeta debe guardar un equilibrio entre su tamaño, el de la estrella anfitriona y la distancia entre ambos (somos el tercer planeta).
b) Para proteger a la vida de la lluvia de asteroides se necesitan varios escudos. Uno de ellos es un gran satélite. Otro, tener dos planetas de tamaño parecido y relativamente próximos, uno más cercano y otro más lejano a su estrella (Venus y Marte). Otro, tener varios planetas gigantes en una órbita más externa y suficientemente alejada como para no sufrir su gravitación (Júpiter y Saturno).
c) Para librarse de los cambios climáticos nece¬sita una órbita casi circular, un eje de rotación es¬table y casi perpendicular al plano de su órbita y un «día» muy corto en relación a su «año». La tercera condición es prácticamente imposible para un planeta cercano a su estrella, a menos que tenga un gran satélite.
d) Librarse de las radiaciones cósmicas es más complicado. En primer lugar tiene que encontrarse lejos de las principales fuentes de radiación. Es de¬cir, lejos del centro de la galaxia -pero no muy cerca del borde, de donde podría arrancarnos otra gala¬xia-, fuera de los brazos espirales y de los lugares donde se están formando estrellas. Es decir, lejos de donde están la inmensa mayoría de las estrellas. Pero esto no basta para conseguir la protección ne¬cesaria. Debe estar dentro de la onda de choque de una antigua explosión de supernova, es decir, como en un capullo. Pero lo que no puede evitar es tener que estar cerca de su estrella madre para aprovechar su calor. Y ella sola, con sus rayos cósmicos -electro¬nes lanzados a gran velocidad- bastaría para acabar con su hija. Para protegerse, solo hay una posibilidad: un fuerte campo magnético.

¿Son estas características corrientes en los siste¬mas planetarios? Hasta ahora, en todos los sistemas planetarios que se conocen, hay un planeta gigante en el lugar que debería ocupar un planeta que aspi¬rase a tener vida.

Todo nos sugiere otra vez la palabra «diseño».

¿Cómo pudo aparecer la vida?

La vida se define por tres propie¬dades: es independiente, es capaz de administrar mediante reaccio¬nes metabólicas la energía que utiliza, y es capaz de autorreplicarse, guardando la información de una generación a otra.

En 1952, Stanley Miller puso dentro de una burbuja de vidrio los gases que podrían formar la atmósfera de la Tierra hace 4.500 millones de años. Los calentó y simuló con descargas eléctricas las tormentas de la Tierra recién nacida. El resultado fue una especie de alquitrán o barro que, analizado, resultó contener ciertos «ladrillos» de la vida. Se sabe que la vida más elemental sería una bacteria constituida por dos tipos de «ladri¬llos»: aminoácidos (A) y nucleótidos (N), unidos en larguísimas cadenas de, respectivamente, proteínas y ácidos nucleicos, como el ADN o el ARN.

Pues bien, en el experimento de Miller y muchos otros sólo se han encontrados «ladrillos» A -jamás N- y aquellos, mucho más pequeños que los que constituyen la vida. Además, siempre aparecen suel¬tos, sin formar jamás ni siquiera una corta cadena, aunque sea de dos eslabones.

Se piensa que en algún tipo de «burbuja» natural (volcán marino o en una glaciación) pudieron reunirse aminoácidos y nucleótidos, dentro de una menbrana, e iniciar una reacción metabólica sim¬ple, y lograr milagrosamente que la vida perdurase. De nuevo aquí aparece el Diseñador, tras 10.000 millones de años, actuando como acostumbra: hacer que ocurra aquello que sus leyes permiten, pero que dejadas solas seria ínfi¬mamente improbable.

De ahí en adelante, la teoría de la evolución, que es compatible con la fe, podría dar razón de la increíble diversificación de las especies.

Pistas para creer en Dios (II): Nuestra galaxia

El Big Bang –que es una teoría compatible con la fe-, tuvo lugar hace 15.000 millones de años. Inme¬diatamente después, el universo era como un magma, una “sopa” de partículas y radia¬ción, que se expan¬día a gran velocidad y al mismo tiempo se enfriaba. Al enfriarse, las partículas se agruparon formando átomos de hidrógeno, y el universo se hizo transparente.

Las masas vaporosas de hidrógeno se fueron condensando más y más, en contra de la fuerza electrostática que los repelía. Y cuando la presión fue mayor que la repulsión, dos átomos de hidrógeno se fusionaron para formar uno de helio, y así nació la pri¬mera estrella, el universo se fue llenando de luminarias y, al ser transparente, la luz empezó a iluminarlo de un extremo a otro. Aún hoy siguen formándose estrellas.

No todas las estrellas eran de tamaño similar, pero to¬das tenían una cosa en común: estaban hechas de hidrógeno; convirtiendo el hidrógeno en helio generan su energía y su brillo. Las de tamaño medio «queman» el hidró¬geno a un ritmo lento, y llegan a vivir miles de millones de años.

Las estrellas gigantescas, en cambio, despilfarran su caudal a un ritmo frenético y sólo duran cientos de millones de años. Cuando gastan su hidrógeno, empiezan a «quemar» helio, generando elementos más pesados. Y cuando gasta éste, «quema» esos elementos más pesados, generando otros más pe¬sados aún.

Las estrellas medianas sólo generan elementos pesados hasta el hierro, y luego se apagan. Las estrellas gigantes, cuando se les acaba el combustible, se derrumban sobre sí mis¬mas en un cataclismo cósmico. La energía de su hundimiento genera todos los elementos más pesados que el hierro. Y al derrumbarse, parte del material que han generado sale catapul¬tado hacia el espacio. Lo que queda es una estrella de neutrones o un agujero negro, según el tamaño de la estrella original. Es lo que se llama una ex¬plosión de supernova.

Así, pululan por el universo, todos los elementos que conocemos. Es como si el cosmos hubiese sido inseminado. Solo falta una matriz que acoja esa semilla y quede “fecundada”. Ya que el proceso de creación de estrellas continúa to¬davía, las estrellas que se forman después de la muerte de las primeras supernovas incorporan en su material externo todos esos elementos. Son es¬trellas de segunda generación. En algunas de ellas se forma un disco a su alrededor del que pueden nacer planetas.

El Sol es una de esas estrellas de segunda generación, con planetas. Nació hace unos 5.000 mi¬llones de años y, al ser pequeña, durará todavía bastantes miles de millones más. Alrededor de ella hay planetas con todos los ingredientes y, en uno de ellos, hace unos 4.000 millones de años, apareció la vida. Pero, para que aparezca la vida, no basta con que haya planetas alrededor de una estrella de segunda ge¬neración. Son necesarios muchos requisitos que iremos analizando.


La Vía Láctea, nuestro extraordinario hogar

Nuestro sistema solar está dentro de la galaxia de la Vía Láctea. La misma Vía Láctea que vemos en el cielo como una mancha lechosa que lo cruza de un lado a otro. La vemos así porque la vemos desde dentro. Si la viésemos desde fuera y desde lejos, veríamos una bola central enor¬memente brillante, llena de miles de millones de estrellas, rodeado de un disco plano, con unos brazos espirales que se extienden hacia fuera. Es una galaxia espiral, que son las menos frecuentes.

Hay otros dos tipos de galaxias: elípticas e irregulares. Ni unas ni otras de estas pueden generar las condiciones para la vida. Las órbitas de sus estrellas son tan caóticas que, si tuviesen planetas, serían arrancados de ellas.

Nuestra Vía Láctea es de las galaxias más grandes que existen. En las galaxias peque¬ñas y medianas, no se podrían haber producido suficientes explosiones de supernovas como para ge¬nerar los materiales necesarios para que aparezca la vida.

Pero estas galaxias espirales gigantes tie¬nen un grave peligro: Alojan en su núcleo un in¬menso agujero negro que devora toda la materia que se le acerca, generando un infierno de radia¬ción. Es como el ogro del castillo. El ogro de nues¬tra Vía Láctea parece estar dormido. No se «oye» la radiación que emiten los agujeros negros al de¬vorar a sus víctimas.

Además, las galaxias se agrupan en cúmulos de galaxias, como una tela de araña tridimensional. Pues bien, nues¬tro cúmulo (Grupo Local) es muy extenso pero tiene pocas galaxias: dos galaxias muy grandes, (la propia Vía Láctea y Andrómeda), otra galaxia mediana (Galaxia del Triángulo) y unas 30 galaxias enanas (p.e. las Nubes de Magallanes).

La distancia entre galaxias es algo básico para que haya vida, porque si están demasiado próximas, se producen ma¬reas gravitatorias entre ellas que impiden que sus estrellas tengan planetas. 0 sea, que de los 100.000 millones de ga¬laxias, sólo una mínima parte es capaz de alojar vida.

La Vía Láctea no es una galaxia más, porque es una de las escasas espirales gigantes, es suficientemente grande como para tener todo tipo de materiales y tiene a su ogro dormido.

Pistas para creer en Dios (I): el universo

¿El universo da indicios de haber sido creado con una intencionalidad o es fruto del azar? En caso afirmativo, la potencia que lo creó es una fuerza per¬sonal, porque sólo las personas tienen intenciones.

Puede ser conveniente hacernos una idea del tamaño del universo. Se estima en 100.000 millones el número de galaxias. Y cada una de ellas contiene unos 200.000 millones de estrellas. El universo observable mide, de un extremo a otro, 15.000 millones de años luz.

Se sabe que el universo se rige por unas leyes constantes, como la gravitatoria, la electrostática, la carga del electrón, la velocidad de la luz, etc. Todas ellas se han podido medir con gran precisión. Pues bien, la más mínima variación en el equilibrio entre ellas habría llevado a un universo inviable, que habría durado millonésimas de segundo hasta quedar convertido en un agujero negro o que nunca hubiese pasado de ser una «sopa» de hidrógeno.

Roger Penrose, profesor de Matemáticas de Oxford,  ha calculado la probabilidad de que ese equilibrio se haya dado por casualidad. Solo un universo de cada 10(10)^128, salidos por azar, sería viable. Esto sólo admite una lectura sensata: vivimos en un uni¬verso diseñado. Alguien –el Diseñador, y no “algo”- lo ha diseñado para que «funcione», para que sirva para algo.

Pero otros sostienen que es fruto del azar. Ima¬ginemos una casa en mitad de una llanura. Pregun¬tamos quién la ha hecho y nos cuentan: «Un avión que lle¬vaba en su bodega todo el material necesario para la construcción de una casa, pasó volando. Abrió las compuertas y los materiales fueron a caer de forma tal que se formó la casa». Es como si un avión lanzase al aire todas las letras que componen El Quijote, y al caer, por azar, quedase redactada la novela.

Nadie en su sano juicio creería tan peregrina historia. «Es cierto -nos dicen-, si sólo hubiese pasado un avión, pero puede que hayan pasado muchos millones, haciendo cada uno de ellos lo mismo. En todas las ocasiones, el resul¬tado ha sido un montón de escombros. Menos en una en la que ha aparecido una casa». Si el número de aviones que han pasado es del mismo orden de magnitud que la probabilidad de que la casa apa¬rezca, la cosa puede ocurrir.

Pero, ¿en qué planteamiento hay más economía de hipótesis, o qué requiere más “fe”? ¿En un único universo creado por un Diseñador o en 10(10)^128 menos un universos inútiles, salidos no se sabe de dónde, simple¬mente para ser una pulga entre la nada y la nada en el que aparezcan unos pobres hombres capa¬ces de preguntarse por su sentido, pero irremisi¬blemente desorientados y sin la más mínima posi¬bilidad de encontrar nunca su inexistente destino?

Otra objeción:
¿No pudiera ser que todas las bolas del bombo llevasen el mismo número? Es decir, que las leyes de la física exigiesen la creación antes o después. Si así fuese, las leyes de la física tendrían que ser las que son en cualquier uni¬verso y todos ellos serían viables.
Pero, ¿en virtud de qué leyes superiores deben las leyes físicas originar necesariamente un universo viable?

Si todo fuese fruto del azar, las masas podrían atraerse unas veces con una fuerza y otras, con otra, lo que haría a la naturaleza ilógica e impo¬sible de comprender ¿De dónde puede venir ese or¬den? ¿Podría haber alguna ley constante salida del azar?